martes, 24 de mayo de 2016

¿Qué es la Misoginia?

Unos cuantos piquetitos de Frida Khalo

¿Qué es un misógino?






















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Diapositivas elaboradas para el 
24 de mayo
Día Internacional de la Mujer por la Paz y el Desarme

UNA MUJER ES VICTIMA DE LA VIOLENCIA CUANDO:

Es insultada y despreciada en solitario o delante de otras personas cercanas y/o extrañas

Es insultada y despreciada en privado y/o en público

Se le irrespeta en privado y en público

Es tratada como si fuera una cosa, un objeto y se desconoce que es una persona, un ser humano con dignidad humana

Se difunde sin su consentimiento su vida íntima, sentimental y sexual 

Se le denigra y descalifica con campañas de difamación y desprestigio

Se le niega el acceso a los recursos, a las oportunidades y al dinero.

Se le impide trabajar y/o estudiar

Se le coarta la locomoción, no se le permite salir si no justifica a dónde va y se le da "permiso" para entrar y para salir.

Se le aleja de su familia y de sus amigos.

Se le empuja, hiere, golpea, acuchilla, quema... 

Se le exige que esté del humor que él desea, olvidando sus propios sentimientos

No es escuchada y tenida en cuenta su opinión

Es obligada a mantener relaciones sexuales contra su voluntad.

Se la culpa de todo lo que ocurre

Se la trata como a una niña pequeña o una persona inválida

Se le exige que adivine todo lo que él está pensando, lo que quiere o lo que necesita.

UNA MUJER DEJA DE SER VICTIMA DE LA VIOLENCIA CUANDO:

Deja atrás el miedo y el peligro

Se valora a sí misma

Recupera la salud y el equilibrio

Termina con los abusos y las humillaciones

Dispone de tiempo, dinero, deseos, aspiraciones del propio cuerpo 

y del hogar.

Recobra la confianza en sí misma

Vuelve a tener familia, amigos, vecinos...

Es independiente y autónoma

EXTRACTO DEL LIBRO PORQUÉ A MÍ PORQUÉ ESTO PORQUÉ AHORA DE ROBIN NORWOOD SOBRE RASGOS SÁDICOS Y CRUELES EN LA PERSONALIDAD:


El juez George K. había pasado toda su vida profesional  en los tribunales, en un papel u otro. Después de largos años como fiscal, presentando los diversos tipos de delito que se cometían en su distrito, fue elegido para la corte Superior, puesto que ocupó el mismo celo que había exhibido en sus otras ocupaciones.

En su aspecto, el juez daba la imagen de un monje tonsurado que hubiera cambiado su hábito clerical por la toga. Era redondo, calvo, de mejillas de manzana; con frecuencia había una sonrisa divertida en las comisuras de su boca; todo en él parecía desmentir lo severo y sobrio de su carrera… a menos que uno reparara en la profunda arruga vertical entre sus cejas y en el brillo penetrante de sus ojos pardos. Entonces era necesario tratar de reconciliar la impresión de cordial alegría con esas insinuaciones de un costado más duro y mucho más calculador.

El juez K. se casó tres veces. Las tres esposas lo dejaron por motivos que ni George ni ellas acababan de comprender. Tarde o temprano, cada una de las mujeres encontraron motivos para separarse de él y ya nunca quisieron regresar al hogar. Cada una dio los pasos necesarios para que la separación fuera definitiva, aduciendo vagos motivos. La primera esposa, al hacerse cargo de dos hijos en plena adolescencia, explicó mansamente: “Tal vez me llegó el momento de estar sola.” La segunda, que tenía treinta y ocho años cuando pidió el divorcio, proclamó: “Puede que esta sea mi versión anticipada de la crisis de la menopausia.” La tercera se limitó a declarar: “Nunca pensé que la carrera me resultara tan importante.” Estos casamientos y divorcios sucedieron a lo largo de veinticinco años. Una vez libres de él, las ex esposas aún calificaban a George de “hombre maravilloso”, aunque rara vez trataban con él, si podían evitarlo, 

Los conocidos del juez, al observar su historia matrimonial, pensaban que, para ser tan “maravilloso”, tenía mala suerte con las mujeres.

Los dos hijos, varón y mujer, se mantuvieron en estrecho contacto con la madre después de abandonar el hogar; en cambio sólo se comunicaban con el padre cuando era indispensable: una tarjeta y una llamada en el Día del Padre, la invitación a participar de sus bodas y una visita breve por Navidad o para presentarle al nuevo nieto. Ellos también parecían evitarlo, aunque él se mostraba puntilloso en el pago de la pensión a la madre y ejerció rigurosamente sus derechos de visita después del divorcio.

George bebía poco y nunca fumaba; aunque le gustaba comer bien, había en él algo de puritano.

Se le apreciaba en los tribunales, pero ningún abogado defensor presentaba su caso al juez K., si podía evitarlo. Fiscales y defensores por igual lo consideraban duro; sus sentencias, aunque técnicamente justificadas según la letra de la ley, solían ser severas y hasta exageradas.

-Es muy buen tipo en cualquier parte, menos en el estrado –era el comentario.

Y ahora George había vuelto a su ciudad natal, después de treinta años, para asistir a los funerales de Billy, su más íntimo amigo de la niñez. De la familia de Billy sólo sobrevivía la tía Hattie, una anciana excéntrica, quien insistió para que George la visitara antes de partir. George no la conocía en persona, aunque recordaba vagamente que Billy hablaba de una hermana de su madre llamada Hattie, que era actriz y vivía en el extranjero.

Sentado en la sala de la casa que tan bien recordaba, en la que sólo Hattie vivía ahora, George luchaba por conservar intacto su habitual aire de simpática dignidad. Pero algo en la penetrante mirada de la anciana disolvía su pulida actitud. Esa vieja difícil no lo ayudaba a mantener una conversación ligera; no aportaba sus anécdotas ni siquiera escuchaba las de él.

Hattie le había servido pastel. Mientras le llenaba la taza de café preguntó, con aire inocente:

-¿Te dijo Billy alguna vez que yo leo las manos?

George tenía la boca llena de pastel, pero meneó la cabeza, con los ojos dilatados por la alarma. Ella tomó asiento y le tomó las manos, muy segura de sí, riendo con el herrumbrado carcajeo de las ancianas.

-Es cierto. Siempre fui la excéntrica de la familia. Pero en el teatro es importante saber en quién se puede confiar y a quién debes vigilar con atención. Además –agregó, juguetona- resulta divertido y yo soy curiosa. Todo actor debe ser psicólogo, ¿sabes? 

Para servir de algo debemos saber qué mueve a la gente. La quiromancia me pareció el modo más fácil de estudiar los tipos. Y cuando escaseaban los papeles, con eso podía ganarme la vida.

Por un momento dejó de parlotear. En silencio, siguió cada dedo del juez con los suyos, le flexionó la manos hacia atrás, le apretó las palmas en diversos sitios. Tenso e incómodo, George se dijo que bien podía dar el gusto a esa vieja excéntrica por media hora más antes de huir. Al levantar la vista, ella habló en voz baja:

-Quiero decirte algo que quizá te resulte muy difícil oír. Tus manos dicen que en tu temperamento hay mucha crueldad.

George inmediatamente empezó a tartamudear en tono de protesta, pero ella lo interrumpió con una suave sonrisa:

-Oh, ya sé: todos tus amigos, hasta Billy, si estuviera aquí me dirían que eres el mejor de los hombres. Hasta tus manos me dicen que tratas de serlo. –Lo miró a los ojos con obvia simpatía. –Pero te cuesta mucho, ¿verdad?

El se estaba poniendo rojo de cólera. ¿Cuánto más debía soportar sólo por cortesía? Hattie continuó:

-Háblame de tus padres. ¿Cómo eran?

Aliviado al ver que la conversación se apartaba de él, George respondió:


-Mi madre es una mujer maravillosa. Y no me molesta decir que yo era su favorito. Ella trataba de compensarme por el trato que me daba mi padre.

“Porque, si de crueldad vamos a hablar, mi padre sí que era cruel. 

Pero ni físicamente, no. Era más sutil. Fue él quien tuvo la idea de darme el nombre de un hermano de mi madre que era un perfecto fracasado, un tonto sin la menor ambición. Y mientras yo crecía él me comparaba con tío George, dando a entender que éramos iguales. Por mucho que yo hiciera para demostrar mi inteligencia, por mucho que lograra, él siempre me veía apenas a un paso de ser un completo inútil.

Apenas  empezaba a entrar en tema cuando ella lo interrumpió para preguntarle:

-¿Me dices tu fecha de nacimiento?

El le contestó bruscamente y Hattie buscó su efemérides en el estante cercano.

-Este libro contiene la posición de los planetas en cada día del siglo –explicó, mientras observaba la fecha que él le había dado. Y agregó con satisfacción,  dando un golpecito en la página para mostrar unas columnas de pequeñísimos números-: cuando naciste, Marte estaba en Tauro. Hitler también lo tenía allí, ¿sabes? Eso puede indicar una tendencia a la crueldad, así como la combinación de algunos rasgos de tu mano, tienes prominente el monto inferior de Marte, pulgares en forma de maza y manos gruesas en general. Sin embargo, hay señales de mente aguda y también de notable sensibilidad. A veces la gente llega a la vida con varios rasgos que indican tendencia a la brutalidad, pero ya han adquirido conciencia suficiente para comprender que es preciso vencer esa propensión. Eso significa que tienen una gran tarea por delante, pues se pasan la vida en guerra con su propio temperamento.

Ignorando la irritación de George, le sonrió.

-¿Sabes qué pienso? Que elegiste deliberadamente a ese padre a fin de crear en ti una aversión a la crueldad. Apuesto a que te has pasado la vida tratando de no ser como tu padre.

-¡Es cierto, así fue! –contestó George, casi gritando, fastidiado al ver que ella estaba en lo cierto, aunque él había tomado esa decisión a edad tan temprana que ya no recordaba siquiera haber vivido sin ese compromiso-. Y me gusta pensar que lo logré. 

Soy exactamente lo contrario. El me denigraba, y lo mismo a mis hermanos, mi madre, todos nuestros familiares, a todos. Nadie era lo bastante bueno o lo bastante sagaz para conformarlo.

-Y tú no haces nada de todo eso.

-¡No, claro!  Siempre he puesto mucha atención en alentar a mis hijos y a cada una de mis esposas.

-¿Nunca te acusaron de carecer de espontaneidad? –preguntó Hattie.

George se sintió desconcertado. Esa vieja loca cambiaba de tema sin parar.

-En realidad, mis hijos solían decir que yo debía aflojarme… y todas mis esposas se quejaron siempre de que yo no era “divertido”, como ellas decían. Pero nunca lo comprendí. Desde pequeño decidí ser siempre muy alegre. Nunca gruñí, como lo hacía mi padre. –De pronto se interrumpió, meneando torpemente la cabeza. –A veces me pregunto por qué me he esforzado tanto. A la gente que no me conoce a fondo les caigo simpático, pero los íntimos… Bueno, no tengo íntimos. Nunca lo entendí.

Hattie le dio unas palmaditas en la mano.

-Voy a ayudarte a entenderlo –dijo-. Supón que hay una escuela adonde puedes ir para aprender a ser bueno. No naciste sabiéndolo, pero estás decidido a aprender, aunque tengas que estudiar mucho y practicar constantemente. Y supón que, antes de ingresar en la escuela, estabas muy lejos de ser bueno. Como tu padre, eras cruel y hacías daño al prójimo, sin otro motivo que una arraigada costumbre.

“En estos momentos debes de estar en el segundo grado de esta Escuela de bondad. Tienes mucho camino por recorrer antes de que te surja naturalmente lo que has aprendido, sin pensar, sin esfuerzo. 

Todavía estás trabajando para inhibir el impulso cruel, la palabra dura, la crítica, el insulto y hasta el acto brutal. Pero desde que vas a esta escuela temes que, si no disimulas esas tendencias agresivas y dañinas, no te permitan siquiera quedarte a aprender. Por eso te esfuerzas mucho para ocultar lo que aún es en ti una parte básica, una parte de la que te avergüenzas y tienes miedo de reconocer siquiera ante ti mismo.

El juez sentado ante ella, que en sus tiempos de joven abogado había convertido en arte el argumento, se encontraba tan aturdido que no podía discutir lo que afirmaba esa tonta.

-La parte más difícil –continuó Hattie- es que esos impulsos, al formar todavía parte natural de ti, acumulan presión para liberarse. Gracias a tu profesión has podido liberar una gran parte.

George asintió, con la vista clavada en el suelo.

-Cuando era fiscal, mi segunda esposa me preguntó cómo me las componía para manejar emocionalmente mi trabajo. Ella no soportaba enterarse de la violencia y la brutalidad a las que yo debía enfrentarme todos los días. –Miró a Hattie. –Pero a mí me encantaba ese trabajo.

-Por supuesto. Al luchar contra la crueldad que ejercían algunas personas contra otras, luchabas contra la tuya misma. Para superar eso viniste aquí. Pero –aquí le apretó suavemente ambas manos- te vuelves peligroso cuando no puedes reconocer tu propia crueldad. Entonces expresas tu lado oscuro y tratas de aplastarlo en el prójimo, en esas personas a las que antes acusabas y que ahora se presentan ante tu estrado.

-¡Yo no soy como ellos! –La voz del juez contenía a un tiempo amenaza y desesperación. -¡Jamás podría cometer un crimen!

-¿Recuerdas ese cuento de Somerset Maugham, el titulado “Lluvia”? – Hattie parecía estar desviándose de nuevo del tema.- Con él se hizo una película llamada Sadie Thompson. Un predicador puritano asume la misión de salvar a una joven hedonista y despreocupada de una vida de prostitución. Cuando ya la ha convencido a medias de cambiar sus pecaminosas costumbres, una violenta lluvia tropical los atrapa solos en una choza. Entonces se apoderan del predicador los impulsos y sentimientos que ha negado por tanto tiempo y la viola. -Hizo una larga pausa, dejando que el relato hiciera su efecto. Luego continuó:- Nos volvemos peligrosos cuando negamos una parte de nuestra humanidad, cualquiera sea, aun las partes de las que nos avergonzamos.

Por un largo instante reinó el silencio entre los dos. Por fin George preguntó en voz baja, en la que se mezclaban resentimiento y derrota:

-¿Por qué mis tres esposas me abandonaron? ¿Por qué mis hijos me evitan? ¡Puede usted decir lo que quiera, pero nunca les hice daño!

-No estoy segura pero creo que, ante todo, no les inspira confianza. Perciben, quizás inconscientemente, el esfuerzo constante que haces para reprimir un aspecto de tu temperamento; por eso les cuesta estar contigo. En segundo lugar, tal vez la crueldad que hay en ti se filtra al exterior, de un modo tan sutil que ninguno de vosotros puede identificarlo; aun así hace daño.

-¡Entonces no hay esperanzas! –exclamó George, casi aullando-. No puedo ganar, por mucho que me esfuerce.

-Nada de eso. Durante décadas enteras han aprendido a no hacer daño en forma deliberada. Reconozco que se parece un poco a conducir con los frenos puestos. Pero si antes conducías tu coche a ciento sesenta kilómetros por hora y matabas a alguien cada vez que salías, aprender a conducir con los frenos es un gran adelanto. El problema es que el orgullo te obliga a negar de ti mismo esa parte colérica y agresiva que gusta de ir a ciento sesenta kilómetros por hora, sin medir las consecuencias. Podrías tratar de reconocer esa parte y reprimirla a conciencia.

“En realidad, deberías estar muy orgulloso. En una sola vida ya has logrado mucho”.

George se respaldó en su silla, mirando con atención a esa extraña anciana, que le decía cosas tan extraordinarias sobre su propia vida. Recobró el dominio de dijo con frialdad:

-No quiero ser desagradecido por todas las molestias que usted se ha tomado, pero no creo una palabra de todo esto. ¡Leer las manos! Es bastante descabellado, ¿no?

Hattie su puso de pie para acompañarlo a la puerta y le dio una palmadita en el brazo, con una sonrisa tan amplia que sus agudos ojos azules desaparecieron a medias entre los pliegues de piel arrugada.

-Yo misma no sé si creo en esto. Pero parece tener algún sentido, ¿verdad? ¿Por qué no dejas pasar un tiempo y luego miras si esta pequeña charla te ha servido de algo? ¿Qué mal puede hacerte?

Y con esa nota, bastante inconclusa, George y Hattie se despidieron.

            George había recibido una rara oportunidad de conocerse mejor, aunque no la reconociera como bendición. Su experiencia con la quiromancia de Hattie fue como la del alcohólico a quien sorprenden conduciendo ebrio y obligan a asistir a reuniones de Alcohólicos Anónimos. El bebedor puede negarse a admitir que tiene un problema y tal vez continúe bebiendo, pero jamás podrá encarar con la misma despreocupación sus relaciones con el alcohol. El lema de AA es: “Pasa y te arruinaremos el placer de beber.”

            Eso es lo que ocurrió con George: una dudosa desconocida perforó ante sus propios ojos, siquiera por un  momento, la imagen de buena persona que mantenía con tanto esfuerzo. Pero a partir de entonces le sería más difícil persuadirse de que en su carácter sólo había buena voluntad. Como el alcohólico, George sólo tenía dos posibilidades. Con el aliento recibido de Hattie, podía admitir que, pese a todos sus deseos, había en su composición un elemento sádico. Luego, emplear la energía hasta entonces usada en mantener una fachada y una negativa para vigilar conscientemente esos impulsos. Mediante el esfuerzo de lograr una rigurosa honestidad personal en esa delicada zona de su vida, llegaría a ser una persona mucho más sosegada y auténtica. 

De lo contrario, podía continuar negando la existencia de ese elemento cruel en su temperamento; pero en adelante, después de lo ocurrido con Hattie, el esfuerzo requerido para negarlo sería mucho más grande.


El encuentro de George con Hattie fue un ciclo curativo. Los ciclos curativos no significan necesariamente que salgamos curados de ellos. Son, tan sólo, oportunidades para curar. Podemos elegir cómo responder cuando se presentan. Pero cada vez que rechazamos o ignoramos una oportunidad de sanar, garantizamos que el ciclo siguiente sea más opresivo, más perturbador, más difícil de negar.


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Hombre, mujer y niño - Fernando Botero - Museo Casa de la Moneda Bogotá

Violencia Psicológica
Contra los mentirosos y manipuladores que mutilan nuestra autoestima
Vivimos en una sociedad que nos bombardea con mensajes sobre el cuidado y la calidad de vida: no fumar, alimentarse bien, hacer actividad física, yoga y meditación. Sin embargo, muchas personas llegan a casa y encuentran la peor de las toxinas: el desamor.

Ya sea que convivan o no, muchas relaciones sostienen durante muchos años un estilo de relación que va atentando contra la dignidad de alguno de sus miembros y va minando lentamente la autoestima y la confianza en sí mismos.

El desamor llega de la mano de la descalificación, del silencio, de la indiferencia, de la mentira. 

Muchas mujeres quedan atrapadas en vínculos en los que esperan lo que nunca va a llegar o naturalizan el maltrato cotidiano que toma la forma de  la violencia psicológica.

En “Estrés Conyugal” se analiza la manera en que las personas llegan a enfermar dentro de sus relaciones: una palabra que hiere, una burla que humilla, un silencio que taladra. 

El que promete y no cumple, el/la que da celos con actitudes ambiguas, el que desaparece sin dar explicaciones, el que abandona aún estando en la misma casa, el que no tiene para dar más amor que a sí mismo.

Narcisistas, mezquinos, histéricos, manipuladores, mentirosos, estafadores desfilan por las páginas de mi libro para mostrar que existen ciertas propuestas de relación que son inaceptables porque mutilan la autoestima y se devoran los sueños.

Nuestro organismo está preparado para defenderse de una amenaza, un desafío o un peligro. 

Pone en marcha una serie de mecanismos biológicos para enfrentar la lucha o darse a la fuga según sea conveniente. 

Este es un dispositivo de adaptación que  protege al individuo frente a los cambios constantes. 

No obstante, cuando esa amenaza se sostiene en el tiempo, el sistema se desajusta y comenzamos a enfermar. 

¿Cuál es la amenaza en el estrés conyugal? El abandono y el desamor.

Cuando se pierde la esperanza aparece una sensación de derrota. 

Cuando se sabe con certeza que nada va a cambiar y no quedan fuerzas para seguir luchando aparece la enfermedad. Pero será sólo la punta del iceberg. 

Por debajo de las enfermedades cardiovasculares, de hormonas que se descontrolan, de un sistema inmune que enloqueció y se ataca a sí mismo, de un cerebro que no puede proteger ni a sus propias neuronas, por debajo de todo esto, decíamos, está el dolor emocional. 

Un dolor que grita en el cuerpo lo que las palabras no pueden decir. Eso es el estrés conyugal.

Recurro a testimonios de pacientes y historias de personajes célebres para mostrar que ser rico, famoso o  la mujer más hermosa del mundo no protege contra el sufrimiento amoroso: Marilyn Monroe, Frida Kahlo. Edith Piaf, Alma Mahler, Alfonsina Storni, Romy Schneider, entre otros, vivieron en carne propia las heridas del desamor.

Por Patricia Faur, licenciada en Psicología, docente en la Universidad Favaloro y autora de los libros “Amores que matan”, “Amores fugaces” y “Estrés conyugal” (Ediciones B), entre otros.