miércoles, 22 de abril de 2020

Gracias Padre Celestial por los 20 años de CREARC


La maravillosa película EL CAMBIO de WAYNE DYER
me hizo comprender que la Voluntad Divina 
es el Plan de AMOR del Padre Celestial
en nuestras vidas.

Fue fantástico constatar con mi propia experiencia que estoy viviendo saltos cuánticos hacia el SENTIDO:

La muerte de nuestro fundador y amado padre 
Carlos Alberto Romero Lozano (q.e.p.d.) 
fue un salto cuántico hacia el CIELO,
me regaló el don de la oración y aprender a rezar 
con el corazón el Santo Rosario y la gracia de la Fortaleza

El espíritu de fortaleza y amor de mi padre 
me ubicó en la etapa 
DEL AMOR A DIOS, DEL SENTIDO, 
DEL AMOR PROPIO Y DEL AUTO RESPETO.

La oración entró a mi vida.
La meditación llegó a mi vida.
La disciplina llegó a mi vida.
El autocuidado llegó a mi vida.
El ritual de la felicidad lo incorporé en mi vida.
El pensamiento positivo entró a mi vida.
Estoy viviendo el arte y la creatividad  de los mandalas.
Comprendí que buscando primero el reino de Dios
todo lo demás llega por añadidura:
Vida plena, saludable, amorosa, próspera y bendecida.
  
Se replanteó el ayudar, 
ayudar a quien realmente lo necesita,
enseñar a pescar y no dar el pescado.

He entrado definitivamente 
por el camino del corazón: 
por el camino del sentido, 
por el camino de la libertad, 
por el camino del amor y del respeto.
 Por el camino de la verdad y la vida en abundancia 
que es Jesús de Nazareth 
lo cual agradezco con toda mi alma y mi corazón 
a mi gran amigo JBBG 
y a los dos maravillosos sacerdotes que puso en mi camino.

Estoy viviendo nuevas, magnificas, 
alegres y amorosas experiencias positivas en mi vida.

Tengo plenitud en mi vida,
aunque los espíritus impuros y malignos
trataron de sabotear y enredar mi vida.

Jesús, José y María caminan conmigo y 
el Espíritu Santo de Dios me guía,
me ilumina, me santifica, me purifica y 
me fortalece.

Sello con la Sangre Preciosa de Jesús: 
mi pasado, mi presente y mi futuro 
para que ante el sello poderoso de la Sangre de Jesús 
huya toda fuerza del mal 
y ninguna potencia del maligno pueda hacerme daño.

Doy gracias a Dios por todas mis relaciones, armonizándolas y ubicando a cada ser y sus experiencias en el lugar y el momento que le corresponde.

Los seres del pasado en el pasado.

Los seres de las tinieblas, la oscuridad y del infierno 
son inaceptables en mi vida, 
oro por la conversión de los pecadores y pecadoras, 
incluída yo misma y por la conversión de mis enemigos y enemigas, conocidos, desconocidos, silenciosos y ocultos. 

LA VIDA EN ABUNDANCIA:
Nos la da siempre Nuestro Señor Jesucristo.

El Rey Salomón pidió un corazón generoso y sabio
Dios le dio en abundancia: sabiduría, generosidad, amor,  prosperidad, conocimiento y ciencia

Los seres del presente en el presente.

Los Hijos de Dios: seres de luz, amor y alegría 
bienvenidos siempre.

Mis ancestros los honro siempre.

Todos los dones, talentos, carismas, virtudes del Espíritu Santo que me corresponden están conmigo y oro para que siempre den buen fruto para el servicio de mis hermanos y hermanas 
y para la Gloria de Dios.

La Gracia de Dios está conmigo siempre.

Los santos ángeles y arcángeles me rodean y me protegen.

Estoy ordenando desde la luz y el amor
todas las áreas de mi vida:
mental, emocional, espiritual, física, ambiental, 
relacional, profesional en todo sentido.

Ahora recibo con alegría: 
la lluvia de bendiciones y el milagro de cada día,
doy infinitas gracias a Dios por su amor y generosidad infinitas

Dios es Amor y Él quiere que tengamos una
VIDA PLENA LLENA DE BENDICIONES, 
LUZ, AMOR Y TRANQUILIDAD
(Salmo 23)

Mi niña interior es amada, aprobada, aceptada y protegida, sabe que merece todo lo bueno, amoroso, abundante y próspero de este infinito y amoroso UNIVERSO.

Mi niña interior sabe que tiene un Padre Celestial, 
que la cuida, la ama y la defiende,
un Salvador que es Nuestro Señor Jesucristo, 
un espíritu de vida que es el Espíritu Santo de Dios, 
una madre preciosa que es la Santísima Virgen María,
una protección inmensa de los santos ángeles de Dios 
y los santos arcángeles y 
unos intercesores poderosos: los santos y santas 
si ella se suelta, se confunde, o yerra en el camino, 
ya a Dios Padre Todopoderoso y eterno 
y a todas las fuerzas poderosas del Bien 
con el alma y el corazón que nunca la suelten, 
que la guíen, y a María que interceda 
por el poder de las llagas y la Sangre de Jesús 
que la cubra, la protega y la selle, 
a ella, su familia, sus bienes materiales y espirituales, 
sus planes y proyectos 
del Mal y del Maligno.
Te pido Dios mío que tu Espíritu Santo siempre nos guíe, 
nos ilumine, nos santifique y nos fortalezca para que 
el Príncipe de la Mentira no nos vuelva a enredar, a desgastar 
y distraer con sus trampas y engaños.

Pidió perdón, perdonó, se reconcilió con Dios, consigo misma 
y con el Universo y aprendió que 
EL VERDADERO AMOR 
CONSTRUYE, RESTAURA Y LIBERA.

Dios libera a través de la confesión, la misa, la comunión, adoración al Santísimo Sacramento, los sacramentales, 
lectura del Evangelio y del Catecismo.

Las oraciones maravillosas de liberación:
Credo, Magnificat, Oración a San Miguel Arcángel
Santo Rosario, Rosario de las lágrimas de María 
y la Coronilla de la Divina Misericordia

EL VERDADERO AMOR LLENA NUESTRA VIDA 
CON VIDA EN ABUNDANCIA, 
CON LUZ, PAZ, AMOR, TERNURA Y ALEGRÍA

ESTOY INFINITAMENTE AGRADECIDA CON DIOS 
PORQUE SIEMPRE ESTÁ CONMIGO A PESAR 
DE MIS ERRORES Y CAÍDAS, SIEMPRE ME LEVANTA, 
Y ME ANIMA A CAMINAR Y AVANZAR PARA QUE SIGA VIVIENDO, ORANDO, AMANDO Y SIRVIENDO Y SOLUCIONANDO TODO DE FORMAS POSITIVAS, 
LOS BLOQUEOS SE LEVANTAN Y LOS OBSTÁCULOS 
SE DISUELVEN GRACIAS A LA INFINITA BONDAD DIVINA... 

Estoy aprendiendo que la Vida es una escalera que se sube
y no puede ser que estemos de caída en caída, 
hay que aprender a subir la escalera que nos lleva al Cielo
y avanzar y para ello contamos con la intercesión amorosa y la protección del manto Divino de María Santísima a través 
del Santo Rosario tal como lo vio el Hermano León en su sueño, para llegar al Cielo la mejor manera es subir la escalera 
que nos lleva a María Santísima.

¡AMAR Y SERVIR!

Orar y laborar
San Benito Abad

¡JESÚS Y MARÍA VIVEN AQUÍ!

Ora, ten fe y no te preocupes de nada
San Pío de Pietrelcina

Gracias Santísima Trinidad por nuestros fundadores,
voluntarios, colaboradores, equipo de mediación y conciliación,
por los usuarios de nuestros servicios, por los abogados y abogadas,
Gracias Señor Jesús por CREARC y te pido en estos tiempos
de pandemia que por tu dolorosa pasión tengas misericordia
de nosotros y del mundo entero. 

Que la bendición infinita de Dios y la gracia de Dios 
esté siempre con CREARC, sus fundadores, colaboradores,
con el equipo de mediación y conciliación y 
con todos nuestros usuarios.


viernes, 17 de abril de 2020

La virtualidad una ayuda, no una sustitución de lo humano


Interesante reflexión del Papa Francisco que aplica para todo lo HUMANO, el ser humano es un ser social, necesita del otro u otra para aprender hablar, caminar, comportarse, la virtualidad puede generar autismo social, emocional, seres de sentimientos planos, irreales que se escudan tras una pantalla y no se asumen como los seres humanos reales que son, la virtualidad como ayuda, más no como sustitución de lo humano, como bien dijo el Papa Francisco este es un momento para salir del túnel, no para quedarnos en él. 

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO
17 de abril de 2020

Los discípulos eran pescadores: Jesús les había llamado precisamente en el trabajo. Andrés y Pedro estaban trabajando con las redes. Dejaron las redes y siguieron a Jesús (cfr. Mt 4,18-20). Juan y Santiago, lo mismo: dejaron a su padre y a los compañeros que trabajaban con ellos y siguieron a Jesús (cfr. Mt 4,21-22). 

La llamada fue justo en su oficio de pescadores. 

Y este pasaje del Evangelio de hoy, este milagro, de la pesca milagrosa nos hace pensar en otra pesca milagrosa, la que cuenta Lucas (cfr. Lc 5,1-11): también allí pasó lo mismo. 

Tuvieron pesca, cuando pensaban que no tenían. 

Después de predicar, Jesús les dijo: “Remad mar adentro. ¡Pero hemos bregado toda la noche y no hemos pescado nada!”. “Id”. “Por tu palabra –dijo Pedro– echaré las redes”. 

Y fue tanta la cantidad –dice el Evangelio– que “quedaron asombrados” (cfr. Lc 5,9), por ese milagro. 

Hoy, en esta otra pesca no se habla de asombro. Se ve una cierta naturalidad, se ve que ha habido un progreso, un camino andado en el conocimiento del Señor, en la intimidad con el Señor; yo diré la palabra justa: en la familiaridad con el Señor. 

Cuando Juan vio esto, dijo a Pedro: “Es el Señor”, y Pedro se vistió, se echó al agua para ir al Señor (cfr. Jn 21,7). 

La primera vez, se arrodilló ante Él: “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador” (cfr. Lc 5,8). Esta vez no dice nada, es más natural. Nadie pregunta: “¿Quién eres?”. Sabían que era el Señor, era natural el encuentro con el Señor. La familiaridad de los apóstoles con el Señor había crecido.

También los cristianos, en el camino de nuestra vida estamos en camino, progresando en familiaridad con el Señor. El Señor, podría decirse, está un poco “a mano”, pero “a mano” porque camina con nosotros, conocemos que es Él. Nadie le preguntó, aquí, “¿quién eres?”: sabían que era el Señor. La del cristiano es una familiaridad cotidiana con el Señor. Y seguramente desayunaron juntos, con el pescado y el pan, seguramente hablaron de tantas cosas con naturalidad.

Esta familiaridad de los cristianos con el Señor es siempre comunitaria. Sí, es íntima, es personal, pero en comunidad. Una familiaridad sin comunidad, una familiaridad sin el Pan, una familiaridad sin la Iglesia, sin el pueblo, sin los sacramentos es peligrosa. Puede acabar en familiaridad –digamos– gnóstica, una familiaridad solo para mí, separada del pueblo de Dios. 

La familiaridad de los apóstoles con el Señor siempre era comunitaria, siempre en la mesa, signo de comunidad. Siempre era con el Sacramento, con el Pan.

Digo esto porque alguno me ha hecho pensar en el peligro que este momento que estamos viviendo, esta pandemia que ha hecho que todos nos comuniquemos también religiosamente a través de los medios, a través de los medios de comunicación, incluso esta Misa, estamos todos comunicados, pero no juntos, espiritualmente juntos. 

El pueblo es pequeño. Hay un gran pueblo: estamos juntos, pero no juntos. También el Sacramento: hoy lo tenéis, la Eucaristía, pero la gente que está conectada con nosotros, solo la comunión espiritual. Y esa no es la Iglesia: esa es la Iglesia en una situación difícil, que el Señor permite, pero el ideal de la Iglesia es siempre con el pueblo y con los sacramentos. Siempre.

Antes de la Pascua, cuando salió la noticia de que yo celebraría la Pascua en San Pedro vacía, me escribió un obispo –un buen obispo– y me reprochó. “Pero, ¿cómo? Es tan grande San Pedro, ¿por qué no mete a 30 personas al menos, para que se vea gente? No habrá peligro…”. Yo pensaba: “¿Pero este qué tiene en la cabeza para decirme esto?”. No entendía en el momento. Pero como es un buen obispo, muy cercano al pueblo, algo querrá decirme. Cuando lo vea se lo preguntaré. 

Luego lo comprendí. Él me decía: “Esté atento a no viralizar la Iglesia, a no viralizar los sacramentos, a no viralizar al pueblo de Dios. La Iglesia, los sacramentos, el pueblo de Dios son concretos”. 

Es verdad que en este momento debemos tener esta familiaridad con el Señor de este modo, pero para salir del túnel, no para quedarnos en él. Y esa es la familiaridad de los apóstoles: no gnóstica, no viralizada, no egoísta para cada uno de ellos, sino una familiaridad concreta, en el pueblo. 

La familiaridad con el Señor en la vida cotidiana, la familiaridad con el Señor en los sacramentos, en medio del pueblo de Dios. Ellos hicieron un camino de madurez en la familiaridad con el Señor: aprendamos nosotros a hacerlo también. Desde el primer momento, estos entendieron que la familiaridad era distinta de lo que imaginaban, y llegaron a esto. Sabían que era el Señor, lo compartían todo: la comunidad, los sacramentos, el Señor, la paz, la fiesta.

Que el Señor nos enseñe esta intimidad con Él, esta familiaridad con Él, pero en la Iglesia, con los sacramentos, con el santo pueblo fiel de Dios.

domingo, 5 de abril de 2020

Domingo de Ramos. Homilía del Papa Francisco


Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén y Santa Misa (Basílica de San Pedro, domingo 5 de abril a las 11.00 h)

Jesús «se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo» (Flp 2,7). Con estas palabras del apóstol Pablo, dejémonos introducir en los días santos, donde la Palabra de Dios, como un estribillo, nos muestra a Jesús como siervo: el siervo que lava los pies a los discípulos el Jueves santo; el siervo que sufre y que triunfa el Viernes santo (cf. Is 52,13); y mañana, Isaías profetiza sobre Él: «Mirad a mi Siervo, a quien sostengo» (Is 42,1). 
Dios nos salvó sirviéndonos. Normalmente pensamos que somos nosotros los que servimos a Dios. No, es Él quien nos sirvió gratuitamente, porque nos amó primero. Es difícil amar sin ser amados, y es aún más difícil servir si no dejamos que Dios nos sirva.
Pero, ¿cómo nos sirvió el Señor? Dando su vida por nosotros. Él nos ama, puesto que pagó por nosotros un gran precio. Santa Ángela de Foligno aseguró haber escuchado de Jesús estas palabras: «No te he amado en broma». Su amor lo llevó a sacrificarse por nosotros, a cargar sobre sí todo nuestro mal. Esto nos deja con la boca abierta: Dios nos salvó dejando que nuestro mal se ensañase con Él. Sin defenderse, sólo con la humildad, la paciencia y la obediencia del siervo, simplemente con la fuerza del amor. Y el Padre sostuvo el servicio de Jesús, no destruyó el mal que se abatía sobre Él, sino que lo sostuvo en su sufrimiento, para que sólo el bien venciera nuestro mal, para que fuese superado completamente por el amor. Hasta el final.
El Señor nos sirvió hasta el punto de experimentar las situaciones más dolorosas de quien ama: la traición y el abandono. 
La traición. Jesús sufrió la traición del discípulo que lo vendió y del discípulo que lo negó. Fue traicionado por la gente que lo aclamaba y que después gritó: «Sea crucificado» (Mt 27,22). Fue traicionado por la institución religiosa que lo condenó injustamente y por la institución política que se lavó las manos. Pensemos en las traiciones pequeñas o grandes que hemos sufrido en la vida. Es terrible cuando se descubre que la confianza depositada ha sido defraudada. Nace tal desilusión en lo profundo del corazón que parece que la vida ya no tuviera sentido. Esto sucede porque nacimos para amar y ser amados, y lo más doloroso es la traición de quién nos prometió ser fiel y estar a nuestro lado. No podemos ni siquiera imaginar cuán doloroso haya sido para Dios, que es amor.
Examinémonos interiormente. Si somos sinceros con nosotros mismos, nos daremos cuenta de nuestra infidelidad. Cuánta falsedad, hipocresía y doblez. Cuántas buenas intenciones traicionadas. Cuántas promesas no mantenidas. Cuántos propósitos desvanecidos. 
El Señor conoce nuestro corazón mejor que nosotros mismos, sabe que somos muy débiles e inconstantes, que caemos muchas veces, que nos cuesta levantarnos de nuevo y que nos resulta muy difícil curar ciertas heridas. ¿Y qué hizo para venir a nuestro encuentro, para servirnos? 
Lo que había dicho por medio del profeta: «Curaré su deslealtad, los amaré generosamente» (Os 14,5). Nos curó cargando sobre sí nuestra infidelidad, borrando nuestra traición. Para que nosotros, en vez de desanimarnos por el miedo al fracaso, seamos capaces de levantar la mirada hacia el Crucificado, recibir su abrazo y decir: “Mira, mi infidelidad está ahí, Tú la cargaste, Jesús. Me abres tus brazos, me sirves con tu amor, continúas sosteniéndome…Por eso, ¡sigo adelante!”.
El abandono. En el Evangelio de hoy, Jesús en la cruz dice una frase, sólo una: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27,46). Es una frase dura. Jesús sufrió el abandono de los suyos, que habían huido. Pero le quedaba el Padre. Ahora, en el abismo de la soledad, por primera vez lo llama con el nombre genérico de “Dios”. Y le grita «con voz potente» el “¿por qué?” más lacerante: “¿Por qué, también Tú, me has abandonado?”. En realidad, son las palabras de un salmo (cf. 22,2) que nos dicen que Jesús llevó a la oración incluso la desolación extrema, pero el hecho es que en verdad la experimentó. Comprobó el abandono más grande, que los Evangelios testimonian recogiendo sus palabras originales: Elí, Elí, lemá sabaqtaní.
¿Y todo esto para qué? Una vez más por nosotros, para servirnos. 
Para que cuando nos sintamos entre la espada y la pared, cuando nos encontremos en un callejón sin salida, sin luz y sin escapatoria, cuando parezca que ni siquiera Dios responde, recordemos que no estamos solos. 
Jesús experimentó el abandono total, la situación más ajena a Él, para ser solidario con nosotros en todo.
Lo hizo por mí, por ti, para decirte: “No temas, no estás solo. Experimenté toda tu desolación para estar siempre a tu lado”. He aquí hasta dónde Jesús fue capaz de servirnos: descendiendo hasta el abismo de nuestros sufrimientos más atroces, hasta la traición y el abandono. 
Hoy, en el drama de la pandemia, ante tantas certezas que se desmoronan, frente a tantas expectativas traicionadas, con el sentimiento de abandono que nos oprime el corazón, Jesús nos dice a cada uno: “Ánimo, abre el corazón a mi amor. Sentirás el consuelo de Dios, que te sostiene”.
Queridos hermanos y hermanas: ¿Qué podemos hacer ante Dios que nos sirvió hasta experimentar la traición y el abandono? Podemos no traicionar aquello para lo que hemos sido creados, no abandonar lo que de verdad importa. Estamos en el mundo para amarlo a Él y a los demás. El resto pasa, el amor permanece. El drama que estamos atravesando nos obliga a tomar en serio lo que cuenta, a no perdernos en cosas insignificantes, a redescubrir que la vida no sirve, si no se sirve. Porque la vida se mide desde el amor. De este modo, en casa, en estos días santos pongámonos ante el Crucificado, que es la medida del amor que Dios nos tiene. Y, ante Dios que nos sirve hasta dar la vida, pidamos la gracia de vivir para servir. Procuremos contactar al que sufre, al que está solo y necesitado. No pensemos tanto en lo que nos falta, sino en el bien que podemos hacer.
Mirad a mi Siervo, a quien sostengo. El Padre, que sostuvo a Jesús en la Pasión, también a nosotros nos anima en el servicio. 
Es cierto que puede costarnos amar, rezar, perdonar, cuidar a los demás, tanto en la familia como en la sociedad; puede parecer un vía crucis. 
Pero el camino del servicio es el que triunfa, el que nos salvó y nos salva la vida. 
Quisiera decirlo de modo particular a los jóvenes, en esta Jornada que desde hace 35 años está dedicada a ellos. Queridos amigos: Mirad a los verdaderos héroes que salen a la luz en estos días. No son los que tienen fama, dinero y éxito, sino son los que se dan a sí mismos para servir a los demás. Sentíos llamados a jugaros la vida. No tengáis miedo de gastarla por Dios y por los demás: ¡La ganaréis! Porque la vida es un don que se recibe entregándose. Y porque la alegría más grande es decir, sin condiciones, sí al amor. Como lo hizo Jesús por nosotros.

miércoles, 1 de abril de 2020